Nuevamente, para Natalia.

Para escribir el
libro blanco, no
necesito hablar
de tu rostro de
nieve; ni contar
del cobalto
convertido en
plúmbeo o viceversa.

Para escribir el
libro blanco,
veré la luz
que emana de ti,
desde la oscuridad
en que reino.

La plaza que tantas
otras veces ha contado
mis pasos, sola o casi
por el sol sumergida,
qué distinta parece
por tu sola presencia
muchachita.

Y aunque tu paso
sea largo y sofocante
el calor de este
día de verano, no
te arredra y te alcanzo,
para caminar
conversando.

Un minuto de calma
y respiro a la sombra
en la fuente;
pinturas,
libros,
azules casas como
en tus ojos el cielo,
que mirándote sonríe.

Tu sola presencia

 

La abadía de mi tristeza,
hoy como siempre, como
todos los días, se pregunta:

Por qué a pesar del dolor
que me causa saberte
lejana y no mía;
pensarte toda
pero ausente,
te sigue amando fielmente:

Ese fantasma que tu
cataclismo creó
impidió mi muerte,
pero me arrebató
del cielo perenne!