Para escribir el
libro blanco, no
necesito hablar
de tu rostro de
nieve; ni contar
del cobalto
convertido en
plúmbeo o viceversa.

Para escribir el
libro blanco,
veré la luz
que emana de ti,
desde la oscuridad
en que reino.

La plaza que tantas
otras veces ha contado
mis pasos, sola o casi
por el sol sumergida,
qué distinta parece
por tu sola presencia
muchachita.

Y aunque tu paso
sea largo y sofocante
el calor de este
día de verano, no
te arredra y te alcanzo,
para caminar
conversando.

Un minuto de calma
y respiro a la sombra
en la fuente;
pinturas,
libros,
azules casas como
en tus ojos el cielo,
que mirándote sonríe.

Tu sola presencia

 

La abadía de mi tristeza,
hoy como siempre, como
todos los días, se pregunta:

Por qué a pesar del dolor
que me causa saberte
lejana y no mía;
pensarte toda
pero ausente,
te sigue amando fielmente:

Ese fantasma que tu
cataclismo creó
impidió mi muerte,
pero me arrebató
del cielo perenne!

El ritmo circular,
ajeno pero insistente,
te lleva sentada
a sus espaldas.

La ventana te invita
a que aunque acompañada,
sola puedas disfrutar
mirando sin pensar

o pensando, todo cual
a tu mirada aparece:
la avenida atestada,
o el boulevard con
sus testigos plantados.

¿En qué rincón de
tus recuerdos estás?
Aquí o allá da igual.
Sonriendo desciendes
del ritmo circular

para abrazarte a tu
hogar y a todo
cuanto amas.

Refulge la tarde
con tonalidades
de oro como
todas las tardes;
todas aquellas
que se recuerdan
especialmente
y te veo como
te recuerdo;
no de una sola
forma sino
múltiple; en
las imágenes,
mientras doraba
tu piel el sol
tropical;

como cuando
la luna dulcemente
te besaba en
las noches

cómo la costumbre
nos va alejando
sin quererlo.